Visiblemente emocionada, Mari Paz Alba recibió el Premio ‘Venus de Anticaria’ de manos del prestigioso arqueólogo Manuel Romero Pérez

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

El pasado 26 de junio, Mari Paz Alba García recibía en la Sala Roma del MVCA el Premio ‘Venus de Anticaria’ de manos de Manuel Romero Pérez, el arqueólogo que dirigió los trabajos del descubrimiento también de la estatuilla original de la Venus en la Villa Romana de la Estación.

Mientras el calor físico del verano abrazaba Antequera, en el interior fresquito de la Sala Roma del Museo de la Ciudad se sentía otro tipo de calor más asociado a sentimiento y serenidad. Allí, junto a la Venus de Anticaria original, esa pequeña estatuilla idolatrada por mí, de hace más de dos mil años que tantas veces había explicado ella con pasión a sus alumnos, Mari Paz Alba regresaba una vez más al lugar que siempre ha sentido como propio. Solo que esta vez no acudía para enseñar. Acudía para recibir el cariño representado de toda una ciudad.

No podía existir un escenario más simbólico. Ni un premio más acertado. Ella es una destinataria muy oportuna y querida.

La ceremonia, tuvo la sencillez de los actos sencillos porque la emoción basta para llenarlo todo. Rodeada de familiares, amigos, compañeros, antiguos alumnos, representantes del mundo cultural y personas que han compartido con ella tantos caminos, Mari Paz descubrió algo que quizá ya intuía desde hace años, que su verdadera obra nunca estuvo escrita en los libros, sino en las personas.

Fue el arqueólogo Manuel Romero Pérez, ese prestigioso arqueólogo a quien ChLL siempre admira como al Howard Carter español, quien puso la escultura en sus manos. El gesto encerraba una hermosa metáfora. Quien descubrió este gran tesoro de la larga lista de piezas arqueológicas de Antequera, entregaba ahora ese mismo símbolo a quien ha dedicado buena parte de su vida a enseñarnos a comprenderlo, a quererlo y a hacerlo nuestro.


ChLL recordó que la historia del Premio ‘Venus de Anticaria’ ha distinguido a mujeres extraordinarias en ámbitos tan diversos como la investigación, la medicina, la arqueología, el arte, la música o la acción social, y se reafirmó en la extraordinaria composición de nuestro particular «Olimpo».

Lo dijo feliz y para afirmar que aquella tarde correspondía reconocer «el puente difusor» de las demás personas distinguidas en anteriores ediciones y en las que vendrán. Ese puente capaz de transformar el patrimonio en sentimiento colectivo, la historia, las artes, la dedicación social… en identidad compartida y difundirla en cultura y en una forma de ciudadanía.

Las palabras fueron dibujando el retrato de una mujer que nunca entendió el patrimonio como una sucesión de monumentos catalogados, sino como una manera de comprender quiénes somos. De una maestra que convirtió el aula en un lugar donde el conocimiento siempre caminaba acompañado de la emoción.

«No has enseñado solamente la historia de nuestras raíces; has despertado muchos de los ojos dormidos de la gente», dijo ChLL. Y quizá …en esa frase cabía toda una vida.

Porque quienes han compartido alguna ruta con Mari Paz saben que sus clases nunca terminaban en el aula. Continuaban ascendiendo a la cúpula de Santa Eufemia, recorriendo los senderos del Torcal, o entrando en rincones normalmente cerrados al público o deteniéndose frente a una sencilla portada barroca para descubrir que las piedras también guardan memoria.

Ella ha logrado algo extraordinario: enseñar a mirar. Y enseñar a mirar, en realidad, es enseñar a querer.

Su trayectoria profesional fue recordada durante el acto. Treinta y ocho años dedicados a la enseñanza, primero en Cartaojal y después en el CEPER Ignacio de Toledo, donde dio continuidad e impulsó el Plan de Patrimonio que ha marcado a miles de personas. Sin embargo, el reconocimiento no se detenía en los méritos académicos. Iba mucho más allá. Porque Mari Paz ha demostrado que la jubilación puede cerrar una etapa administrativa, pero jamás una vocación.

Hoy continúa siendo el alma silenciosa de innumerables proyectos culturales y medioambientales, organizando actividades, promoviendo encuentros, reuniendo personas y sembrando curiosidad sin esperar nada a cambio. Como recordó el director de la revista, «no busca los focos; ella sigue siendo el foco que nos alumbra».

Con visible emoción, Mari Paz Alba tomó la palabra. Y habló desde el corazón. No comenzó hablando de sí misma. Comenzó dando las gracias. A su familia. A sus amigos. A sus compañeros. A todas las personas que llenaban la sala y que, como ella misma dijo, forman parte de su vida. A los que no pudieron estar aquí ( ChLL , fiel cumplidor de la autorización expresa, que siempre solicita oficialmente, de la sala para no impedir su afluencia turística, limita la asistencia y no difunde previamente el día y la hora, que provocaría en todos los casos una asistencia masiva)

Ella viajó hasta el Barrio del Carmen de su infancia. A aquellas calles donde creció entre almenillas, iglesias, torreones y la Alcazaba sin imaginar que aquel paisaje cotidiano terminaría marcando el rumbo de toda su existencia. Recordó con ternura cómo su madre distinguía el sonido de cada campana de Antequera y cómo su padre le transmitió el amor por la historia de la ciudad. Evocó también el puesto familiar del Mercado de Abastos, donde aprendió a hablar con todo el mundo, ese carácter cercano y abierto que hoy todos reconocemos en ella.

Habló de su hermano, de sus sobrinos, de su hijo Ignacio, «el mejor proyecto y orgullo de mi vida» y de José, compañero inseparable, «el que me hace todo fácil y sin el que nada tendría sentido».

Y cuando recordó su vocación docente, nos volvió a emocionar a todos los presentes. Confesó que ser maestra ha sido siempre la profesión más hermosa del mundo. Rememoró con cariño los veintiséis años vividos en el colegio de Cartaojal y cómo, al incorporarse al CEPER Ignacio de Toledo en 2018, descubrió el proyecto que definiría el tramo final de su carrera. «El Plan de Patrimonio estaba reservado para mí», dijo con una sonrisa que parecía resumir toda una vida.



En sus palabras no hubo heroísmo ni grandilocuencia, solo gratitud. La gratitud serena de quien ha vivido haciendo exactamente aquello que amaba.

Y terminó como había empezado. Dando gracias. Una, dos, tres veces. «Gracias, gracias, gracias.» No hacían falta más palabras. Su gesto y sus lágrimas de emoción multiplicaban algebraicamente ese sentimiento de serenidad y agradecimiento.

Todos los que estábamos en la sala comprendíamos que el verdadero homenaje no consistía únicamente en una escultura. El verdadero premio era comprobar cuánto bien puede llegar a hacer una persona cuando convierte el conocimiento en generosidad y la cultura en una forma de cuidar a los demás. La ‘Venus de Anticaria’ representa la permanencia, los valores distintos de entrega en diferentes facetas a la sociedad … y esa es la verdadera belleza que desafía al tiempo.

Por eso este reconocimiento encontraba en Mari Paz Alba a otra destinataria natural de nuestro premio. Al igual que aquella pequeña escultura romana ha atravesado los siglos para llegar hasta nosotros, el legado de Mari Paz seguirá vivo mucho después de cualquier ceremonia. Vivirá cada vez que un abuelo explique a su nieto por qué aquella iglesia es diferente. Cada vez que alguien contemple el Torcal, los Dólmenes, La Peña de los Enamorados o cualquiera de nuestros monumentos y parajes con ojos nuevos. O esas callecitas estrechas que fueron alma de nuestra ciudad

Cada vez que un ciudadano sienta orgullo de pertenecer a esta tierra porque un día alguien le enseñó que el patrimonio no es únicamente la memoria del pasado, que es también la responsabilidad del futuro.

Los premios reconocen trayectorias. Y en este caso, las grandes maestras cambian ciudades. Mari Paz Alba lleva muchos años haciéndolo sin hacer ruido, con la humildad de quien nunca ha buscado protagonismo.

La tarde del 26 de junio Mari Paz no recibió simplemente una Venus. Aquella tarde, la Venus encontró a su maestra y la invitó junto a las anteriores (María Jesús Morente, Margarita Bolós, Marga Sánchez Romero, Tania Galeote, Isabel Cabello, Rosa Miranda) y a las que vendrán (¿?) a formar parte de su Olimpo.

Laudatio sobre Mari Paz en la entrega del Premio «Venus de Anticaria«

Hoy es 26 de junio. La tarde es calurosa pero aquí estamos al fresquito de la Venus, una de las figuras estelares (mi preferida) de este Museo de la Ciudad de Antequera que tanto conoces, tanto amas y tanto has enseñado a mirar.

Buenas tardes, Mari Paz Alba García. No necesitas nuestra bienvenida a este espacio tan tuyo, porque sé que te sientes bien hallada en este rincón donde la historia nos contempla y que es testigo en este momento de un acto protocolario muy sencillo pero entrañable; es el escenario donde la admiración y el agradecimiento colectivo hacia ti se funden en un abrazo. No puede haber un lugar mejor en Antequera para ello que aquí, junto a la estatuilla original de la Venus. Y no puede haber nadie mejor para esta entrega que el prestigioso arqueólogo Manuel Romero Pérez, que dirigió el equipo del descubrimiento arqueológico que tú tanto has pregonado. (Ya sabes, te lo he contado alguna vez que él es para mí lo que Howar Carter, el descubridor de la tumba de Tuthankamon es para la humanidad).

Quienes miren la trayectoria de los Premios Venus de Anticaria, podrán comprender que este galardón ha ido tejiendo una red invisible de personas ilustres con motivos que resaltan y ponen foco de cultura y de admiración en nuestro sol antequerano.

Desde el consuelo callado, el activismo social silencioso y la ternura tan humana de María Jesús Morente, pasando por el rigor y la ciencia que rescata la memoria de Marga Sánchez Romero, la investigación de la eternidad en la música de Margarita Bolós; el ingenio creativo y el arte de Isabel Cabello; la entrega apasionada a curar con cirugía oncológica de la doctora Tania Galeote; hasta la sublime y desnuda belleza de la voz de Rosa Miranda.

Y hoy, el destino nos exigía premiar el puente que lo une todo. El puente viviente que coge esa historia, la baja a la tierra y la transforma en amor ciudadano y latido colectivo; tú eres el puente que convierte nuestra historia cercana en emoción cotidiana, el pasado en orgullo y la ciudadanía en una gran familia.

Eres una tejedora de asombros, una guardiana del tiempo que se niega a dejar que el olvido gane la partida. Lo has hecho desde tu mesa de maestra y, a pesar de que se suele decir con ligereza que la jubilación administrativa cierra las etapas, tu magisterio real, Mari Paz, jamás se ha regido por calendarios. No se mide únicamente en los treinta y ocho años de tiza y entrega ejemplar que sembraste desde tus inicios en Cartaojal en 1987, ni en tu impecable e inolvidable labor como Jefa de Estudios en el CEPER Ignacio de Toledo y como directora de este programa que nos ha enseñado Patrimonio. Tu verdadero legado se mide en miradas nuevas.

Durante décadas no has enseñado solamente la historia de nuestros raíces patrimoniales; has hecho algo mucho más sagrado, has despertado muchos de los ojos dormidos de la gente. Has logrado algo casi místico en el ámbito de la educación de adultos, sentar en el pupitre a personas con las manos cansadas y las mentes cargadas de inviernos por el trabajo y la vida, y devolvernos el brillo y la inocencia de las primeras preguntas. Tú no enseñaste una asignatura; tú has creado una auténtica escuela de amor a Antequera.

Bajo el cobijo de tu guía y de tu voz, seca, pero cómplice y cálida, que posee la cadencia pausada de quien custodia un secreto milenario, las piedras inertes de Antequera comenzaron para mí y para muchos a respirar, a contarnos sus cuitas barrocas, a susurrar sus secretos romanos bajo el sol de la tarde…

Y fíjate…ascender a la cúpula de Santa Eufemia o adentrarse en los misterios y pliegues kársticos del Torcal o… dejó de ser una lección de arte o geografía, una simple excursión, para convertirse en una experiencia vital y mística de pertenencia. Nos demostraste que el patrimonio no es una fría acumulación de piedras antiguas con denominación protegida ni una lista estricta en un catálogo de monumentos, piedras y arte; nos enseñaste que es el espejo exacto que nos responde quiénes somos, dónde habita nuestra propia identidad, el eco de lo que fuimos y la promesa de lo que seremos. Has convertido el saber en un banquete compartido, en un laboratorio de risas y paseos donde el intelecto se ensancha porque primero se ha encendido el corazón.

Por eso eres, en palabras que bien escribió nuestro querido Juan Ramón Castro y recitó Carmen Parejo en tu despedida, la maestra del asombro. Tienes el don de hablar con esa voz serena y cómplice, como quien comparte un secreto de incalculable valor al oído en mitad de la noche, contagiando el temblor dulce que sucede en el interior de cada uno cuando se descubre algo hermoso. Tu pasión por compartir y contagiar el sabor de nuestra Antequera es como un río indomable que nunca se impone, pero que te envuelve, como nuestro Río de la Villa en una temporada buena de lluvias permanente, te arrastra y aún hoy sigue desbordándose.

Y lo más hermoso, lo que hoy ensancha el alma de esta revista, es que tu compromiso no se detuvo al apagar las luces del aula en ese septiembre de 2025. Tu jubilación solo liberó al motor; fue un simple cambio de escenario. Eximida ya de obligaciones profesionales, con tu prestigio personal y una capacidad organizativa incombustible, sigues dinamizando nuestra cultura desde el anonimato y la acción pura, no por el afán del aplauso, sino por la convicción profunda de que una sociedad que se reconoce en su belleza es una sociedad más libre. Y encima te diviertes y disfrutas de esa entrega.

Te vemos como motor y alma en muchas de las actividades culturales y de naturaleza que insuflan vida a esta Antequera y a esta Andalucía nuestra, demostrando que para tu curiosidad el horizonte siempre se queda corto.

No buscas los focos, Mari Paz, al contrario, tú sigue siendo el foco constante para alumbrarnos.

A lo largo de tu vida has recibido ya muchos reconocimientos, hoy, ATQ Magazine te entrega este Premio Venus de Anticaria por una razón que apela directamente al intelecto y al corazón de nuestra comunidad, y también, por qué no decirte, con la cercanía de nuestro equipo de redacción, te la entregamos también por las vocaciones que has despertado. Entre ellas, te lo confieso, la mía propia. Nos has recordado que una ciudadanía que conoce su herencia es una ciudadanía más libre, más crítica y más fuerte.

Tu obra no está escrita en legajos ni papeles; está guardada en los álbumes de fotos de cientos de hogares antequeranos, en las sonrisas compartidas, en la sabiduría y la amistad destilada sin prisa. Está viva en cada rincón de Antequera donde un alumno tuyo pasea hoy por la calle, por ejemplo, Infante Don Fernando, contempla una fachada barroca o un paisaje natural y, con orgullo, le explica a su nieto y a los suyos lo que un día aprendió contigo. Te has convertido en una multiplicadora silenciosa de cultura.

Así que… por haber enseñado con el rigor necesario, pero con la infinita ternura del cuidado; por demostrarnos que el Patrimonio es el hilo invisible que une nuestro pasado con el futuro que tejemos juntos; por hacernos comprender que hay que defender lo que se ama, y solo se ama lo que se cuida… y por enseñarnos, en fin, que amar nuestra tierra es la forma más hermosa de salvarnos… Mari Paz, esta Venus de Anticaria es una distinción que, sencillamente, estaba esperando tus manos.

Gracias por tanto, maestra. Gracias por hacernos mejores ciudadanos y por enseñarnos a mirar.

En la Sala Roma, del MVCA, junto a la Venus original a 26 de junio del año 26 del siglo XXI