«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Desde mi pupitre ya gastado en la vida, desde mi rincón de contar cosas buenas por afición, te cuento alguna confesión que mi yo foráneo no puede ocultar.
Hay mañanas en las que esta afición de juntar letras para contar cosas se convierte en un regalo inesperado, en un espejo que te devuelve la fe en lo humano. Lo confieso abiertamente, sin paños calientes ni imposturas. Mientras escuchaba a Marina desnudarse el alma y narrar su travesía, he llorado para adentro (y, para qué engañarnos, no tengo pudor en reconocer que también un buen ratito para fuera).
La arrolladora y bellísima forma de ser de esta joven antequerana ha tocado mi fibra más íntima; esa que siempre anda buscando, con mirada admiradora, la pureza de la gente buena en cada rincón del mapa. Marina es un torbellino de luz, una mujer fascinante esculpida con unos valores humanos tan limpios, tan de raíz y de verdad, que ojalá se multiplicaran por mil en estos tiempos tan necesitados de empatía.
Quédate a leer, lector, lectora, porque hoy te abro una nueva puerta a otras latitudes.
Marina Moreno Peralta es CEO de Maktubgoo donde coordina y crea viajes de autor por Marruecos. Gracias a la experiencia adquirida en 10 años en solitario recorriendo el Magreb, hoy quiere ayudar y compartir la magia de este destino único.
Ella es una consultora especializada en viajes personalizados a Marruecos. Una organización de experiencias únicas hechas a medida. Un proyecto humano y cultural que une dos países y sus historias.
Nos encontramos mientras yo subía las escaleras de la plaza del Carmen para entrar en el Postigo de la Estrella. Uno de los enclaves más entrañables para mí de este paraíso antequerano. Ella hablaba ante una cámara dispuesta por una amiga. Yo, que no tengo reparo en iniciar conversación respetuosa con las personas que me encuentro, le dije: ¿Eres una influencer de las que salen en las redes sociales?. Ella me contestó muy educadamente y me anunció lo que hacían. Me interesó lo que me dijo y quedé con ella para que me explicara algo más sobre ese lado del turismo.

La conversación con Marina fue para mí como encontrar, sin buscar la riqueza humana comparable a haber encontrado (si cabe una metáfora material) una auténtica joya. ¿Cómo se puede ser tan sensata y tan buena persona siendo tan joven?. No fue una entrevista sobre turismo al uso; la suya es una historia de identidad, sanación, valentía y retorno a los valores humanos más puros. Para encontrarse a sí misma, tuvo que cruzar el Estrecho, solo para descubrir que Marruecos le devolvía los valores de autenticidad que ya le había inculcado su abuela aquí, en su tierra.
Os cuento, mi pequeña semblanza sobre ella y lo que hace, porque os puede interesar…
La antequerana que domesticó el miedo en las dunas | El viaje de vuelta a la auténtica esencia de Marina Moreno Peralta
Hay personas que nacen con la brújula descalibrada para la comodidad, pero perfectamente afinada para lo auténtico. Vecinos y vecinas que caminan por la calle Infante Don Fernando con la mirada puesta en el infinito…, revolucionando el mapa de lo posible. Esta es la historia de Marina, una joven de nuestra tierra que necesitó perderse en el laberinto azul de Chauen y escuchar el latido silencioso del desierto para recordar lo que verdaderamente importa: que la vida es un alquiler y que la prisa, casi siempre, nos resta vida.
Hay un magnetismo invisible en los ojos de Marina. Dicen en el norte de África que la mirada es el fiel reflejo del alma, talvez sea un código sagrado para encontrar honestidad cuando el resto del rostro queda oculto. A sus 30 años, Marina te sostiene la mirada con una madurez que no se compra en los manuales de autoayuda, que se esculpe a base de golpes, de pérdidas y de una sensibilidad tan profunda que la hace un ser especial.
Ella no fue una niña de seguir la corriente. Criada en el seno de una familia humilde de Antequera, aprendió desde muy pequeña que la riqueza no se mide en el saldo bancario, sino en la capacidad de compartir.
«Mi abuela me dejó la herencia más bonita del mundo; una sin dinero, la de los valores de dentro», me confiesa con una emoción que le eriza la piel. «Ella me enseñó que, incluso cuando estás en la más absoluta pobreza, siempre hay que tener una sonrisa y un plato de comida para el que venga».
Con ese equipaje invisible y una atracción innata por la diversidad y «lo diferente», Marina cruzó por primera vez la frontera de Farhana con apenas 19 años. Fue un viaje de 18 días cruzando en ferri que actuó como un detonante. Al regresar a Antequera, la realidad ya no le encajaba. Había abierto una puerta que jamás podría volver a cerrar.

El espejismo de la estabilidad
Durante una década, Marina era parte de ese ecosistema que la sociedad insiste en llamar «éxito»: una pareja de cierto recorrido, un techo recién reformado y un empleo estable durante diez años en el sector editorial de nuestra comarca. Una zona de confort perfecta. Sin embargo, por dentro, faltaba el aire. La prisa generalizada de este lado, el consumo desmedido, la ansiedad del futuro y el «yoísmo» imperante chocaban de frente con la filosofía que ella había mamado de su abuela y que había reencontrado al otro lado del Estrecho.
Entonces, la vida decidió sacudir sus cimientos. La dolorosa pérdida de sus abuelos, la separación de sus padres y la dura batalla familiar contra la enfermedad de su madre la colocaron en una encrucijada. Marina se había convertido en la cuidadora de todos, en el pilar que sostenía demasiados techos, olvidándose de vivir su propio guion.
Tras el colapso de la pandemia, con el alma rota pero decidida a reconstruirse desde las cenizas, metió su vida en una maleta y se subió a un viaje grupal con destino a Marruecos. Iba sola entre desconocidos. El destino final no era un punto geográfico; era ella misma.

Perderse en Chauen, encontrarse en el infinito
El viaje definitivo comenzó con un susto que acabó siendo una revelación. En mitad del zoco de Chauen, sin internet, sin dominar el idioma y separada de su grupo, Marina rompió a llorar en una esquina, atenazada por el pánico de la vulnerabilidad absoluta. Fue ahí donde se obró el milagro de lo cotidiano. Una mujer local, viendo su angustia, cerró su tienda repleta de clientes, la tomó de la mano y la guio calle arriba hasta ponerla a salvo. Cuando Marina intentó ofrecerle una propina, la mujer se negó con una sonrisa: «Un favor se paga con otro favor. Si haces el bien, la vida te lo devuelve».
Ese desinterés puro terminó de demoler sus miedos. El viaje continuó hacia el sur, hacia el territorio donde el silencio se vuelve música. Fue en el desierto, bajo un manto de estrellas incontables y al ritmo de los tambores bereberes y los cantos gnawa, donde Marina experimentó su epifanía particular.
Montada en un quad, cortando la brisa del desierto a toda velocidad entre dunas que parecían olas de un mar dorado, sintió cómo la ansiedad desaparecía por completo. Un guía local, testigo de su catarsis, le lanzó la pregunta definitiva: «¿Qué haces atrapada en una oficina si esto es lo que te da la vida?».
Romper los prejuicios: el Marruecos real
Marina regresó a Antequera transformándose. A los 27 años decidió apagar el «ruido» exterior, ese que le decía que estaba loca por dejar un trabajo fijo para emprender en un destino rodeado, a menudo, de absurdos estigmas sociales. «Muchos me decían que adónde iba, que si estaba loca por irme con ‘los moros’, porque desgraciadamente el prejuicio es muy ignorante».
Su experiencia es el mejor antídoto contra el temor. Con una honestidad desarmante, Marina desmitifica el miedo a cruzar el Estrecho. En sus andanzas ha encontrado una hospitalidad incondicional, un respeto profundo y unos valores humanos tan encomiables que, según explica, se están perdiendo en nuestro lado del mapa, hoy por hoy no es fácil encontrarlos tampoco por aquí.
Ella ha aprendido a leer el terreno, a descifrar los códigos locales y a moverse por el país con la naturalidad de quien camina por su propia casa. Por eso, su proyecto no es solo el de una organizadora, sino el de una guardiana: Marina dirige, acompaña y guía a sus viajeros con un mimo absoluto, trazando rutas donde el riesgo no existe y la seguridad es una certeza. Ella es el lazo de confianza que disuelve cualquier duda antes de pisar el continente africano.

Un traje a medida para cada alma viajera
Lo que hace verdaderamente interesante y único su emprendimiento es que huye por completo de las fórmulas encorsetadas de las grandes agencias de turismo masivo. Su proyecto es de una flexibilidad artesanal, casi poética. Marina no vende paquetes cerrados; diseña «trajes a medida».
Sus viajes son completamente personalizados y se adaptan de forma milimétrica a los deseos y la personalidad de quien acude a ella. ¿Que el viajero busca la contemplación de paisajes infinitos y perderse en la inmensidad de las dunas?, pues ella lo organiza. ¿Que la prioridad es empaparse de la historia, el arte y la riqueza cultural de las ciudades imperiales o el latido de los zocos tradicionales?, ella abre las puertas correctas. ¿Que se prefiere un enfoque de entretenimiento, aventura y desconexión lúdica?, ella transforma el itinerario para ofrecer precisamente eso.
Además, su filosofía centra que el viaje interior no entiende de números ni de calendarios rígidos.
Por eso, no exige grupos numerosos para ponerse en marcha. Su proyecto acoge con la misma pasión a una pareja en busca de magia, a una familia que desea abrir los ojos de sus hijos al mundo, a un grupo de amigos íntimos o a un viajero solitario que, de manera individual, necesite hacer su propio camino.
Se adapta a tu libertad en el calendario. No hay fechas impuestas en un folleto. Los viajeros deciden cuándo empieza y cuándo termina su aventura, amoldando el viaje a sus ritmos vitales y a su disponibilidad real.

El valor del ‘ahora’
Emprender da vértigo, y Marina no lo oculta. Mientras conversamos, reconoce que el día a día a veces empaña el foco, pero que recordar su historia para que yo la plasme en estas líneas, la vuelve a ubicar en su casilla de salida. Me da las gracias por volver a sentir la felicidad de su camino al recordarlo.
«El miedo no se quita, pero hay que hacer las cosas con miedo», concluye con una sonrisa plena de vida mientras contempla el horizonte antequerano. «A menudo se nos olvida que estamos aquí de alquiler. Hoy estamos, pero mañana a lo mejor no te levantas. Por eso hay que preocuparse del ahora». | Marina Moreno Peralta
Marina ha vuelto a volar a ese mundo, pero sus raíces siguen bien hundidas en nuestra vega. Ella va y viene a Marruecos. Su proyecto es el testimonio vivo de que, a veces, hay que cruzar un desierto entero para aprender a valorar lo que verdaderamente importa en casa, y que la mejor forma de viajar es aquella que se escribe con los renglones de nuestra propia libertad.

«En el desierto entendí que la prisa nos quita la vida»
Marina, la primera vez que cruzaste al país vecino tenías solo 19 años y una responsabilidad enorme sobre tus hombros. ¿Qué se siente al abrir esa puerta por primera vez?
Fue como si me estuviera esperando una puerta abierta de par en par. Siempre me había llamado la atención lo diferente, la diversidad, porque creo que ahí está la exquisitez de aprender. Iba muerta de miedo y cargando con la responsabilidad de otra menor, pero esos 18 días cambiaron mi vida. Regresé a Antequera sabiendo que ya nunca podría cerrar esa puerta. Sentí una paz y una hospitalidad que me corrieron por las venas.
Vivimos enganchados a la prisa y a la necesidad de acumular. ¿Qué encontraste allí que te hizo replantearte tu zona de confort en España?
Allí tienen una frase que llevan a rajatabla: «La prisa mata». Aquí vamos acelerados, con ansiedad por el futuro, metidos en el consumismo y en el «yoísmo» de «primero yo y luego lo demás». Allí todo va a otro ritmo. Lo esencial es sentarse, mirarse a los ojos, charlar y compartir. Si entras a una tienda, aunque no te conozcan, te ofrecen un té para conversar. Te ofrecen un plato de su comida sin pedir nada a cambio. Eso me conectó directamente con la forma en que me crió mi abuela: con la humildad del compartir.
¿Qué es lo más importante que te ha enseñado el desierto y que intentas transmitir en tus rutas?
El desierto me curó la ansiedad. Estar en mitad de las dunas, escuchar los cantos bereberes bajo las estrellas o sentir la brisa en la cara yendo en quad… es una sensación de libertad brutal. El desierto te enseña a valorar el presente. A menudo se nos olvida que la vida es un alquiler; hoy estamos aquí, pero mañana a lo mejor no te levantas. Hay que hacer las cosas con miedo, pero hacerlas. El presente es ahora.
Existe mucho ruido y, por desgracia, bastantes prejuicios sociales a la hora de viajar a Marruecos. ¿Cómo lograste vencer el miedo y qué le dirías a quien aún duda en cruzar el Estrecho?
Cuando decidí dejar mi trabajo de diez años para emprender, mis compañeras me decían que estaba loca, incluso alguien conocido me dijo que adónde iba «con los moros». El prejuicio nace de la ignorancia. Yo he encontrado en Marruecos a personas con unos valores humanos tan sumamente buenos y encomiables que aquí ya estamos perdiendo. Ellos calan a las personas con la mirada, notan si vas de buena fe. Mi proyecto nace precisamente para eso: yo dirijo, guío y acompaño a los viajeros para que no corran ningún riesgo, rompiendo esos mitos desde la seguridad absoluta y la confianza.
Tu forma de entender el turismo huye por completo de los viajes en masa y los folletos cerrados. ¿Cómo se construye un viaje con tu sello?
Yo no creo en los paquetes encorsetados. Diseño «trajes a medida de manera artesanal». Mis viajes son totalmente personalizados: si un viajero quiere paisajes infinitos y la espiritualidad de las dunas del desierto, nos enfocamos ahí; si prefiere empaparse de cultura, zocos e historia, o busca pura aventura y entretenimiento, el itinerario se adapta por completo. Además, nos adaptamos a las fechas que elijan los viajeros.
También lo dices en tu web, Maktubgoo, ofreces algunas rutas estándar, pero dejas claro que el límite lo pone el viajero. ¿Cómo conviven la personalización absoluta y esos precios tan accesibles que ofreces?
Las rutas estándar de Maktubgoo son solo el mapa de inspiración. A partir de ahí, el viaje se amolda por completo a lo que cada uno sueñe, en las fechas que mejor le vengan y visitando los rincones que de verdad le llamen. Respecto a los precios, para mí era irrenunciable que fuesen más que justos y buenos para el cliente. No calculo las tarifas pensando en un negocio para enriquecerme, los costes están medidos al milímetro, no con la frialdad de un negocio convencional, sino con el corazón de un proyecto de ayuda mutua. Quiero que la gente pueda viajar sin la soga al cuello, facilitando la economía local de allí y abriendo las puertas de esa cultura a cualquiera que lo necesite aquí.
¿Hay que ser un grupo grande para poder contratarte como consultora y guía de viaje?
Para nada, esa es otra gran diferencia. Mi proyecto no exige un mínimo de personas. Puede viajar una pareja en una escapada romántica, una familia completa, un grupo de amigos o incluso alguien de forma individual que necesite viajar solo para encontrarse a sí mismo, como me pasó a mí.

¡Qué nombre más curioso, Maktubgoo!
Maktub: proviene del árabe. Se utiliza para referirse a que todas las cosas que nos pasan en la vida están predestinadas a formar parte del destino. Maktub significa «estaba escrito».
Go: es un verbo inglés que significa ir, vaya lo que viene siendo movimiento, palabra que me describe a la perfección.
Con Maktubgoo, cada viaje es una historia escrita contigo mismo, contigo misma, a tu ritmo y a tu manera.

Nota: Quien me conoce sabe que aunque cite una firma empresarial, esto no es en absoluto un intercambio comercial, ni un espacio publicitario. Esta revista no tiene ánimo de lucro. Responde a ser altavoz de algo que puede ser de interés para mucha gente y a la apetencia personal de dar a conocer a personas interesantes, y esta joven lo es. | ChLL






