AL SON DE ‘LOS CURROS’: UNA POLVAREDA MEMORABLE DE LUZ Y DE COLOR SOBRE EL ALBERO DEL PASEO REAL | Por Juan L. Rama

Ciertas cosas te quedan como un tatuaje en el cuerpo.
Yo tengo algunos versos tatuados en la memoria. | Julio Cortázar 

Tarde del domingo 23 de agosto de 2026

Las letras que marcaron nuestra memoria sentimental se nos quedan grabadas a fuego con el devenir del tiempo. Como, también, esos momentos compartidos en la mejor compañía, cuyo brillo deja una huella imborrable en nuestras vidas. El brillo de unas miradas y unas sonrisas cómplices que lo llenan todo. De unas voces amigas que cantan al unísono y a los cuatro vientos:


La gente me señala
me apunta con el dedo
susurra a mis espaldas
y a mí me importa un bledo
.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?

Yo soy así, así seguiré,
nunca cambiaré…

Nadie como Los Curros Band para hacernos revivir la banda sonora de nuestras vidas. Consiguieron, una vez más, que recordáramos la promesa de un tal Antonio que tanto amó la vida y que nos dejó tan joven.  No dudamos en honrar su memoria cantando con ellos esa plegaria tan eléctrica como un relámpago:

Prometo ver la alegría,
escarmentar de la experiencia, 
pero nunca, nunca más 
usar la violencia.
[…]

Si pudiera devolver 
la paz que quité.
No dudaría, 
no dudaría en volver a reír.

Las risas y alegría iluminaban la tarde, bajo la mirada de un sol envidioso, incapaz de deslumbrar con semejante fuerza.

Unos lucidos músicos y un variopinto enjambre de buena gente en estado levitante, acompasando sus cuerpos danzantes al compás de sus acordes, cantaban a la vida, a la belleza o al amor:

No puedo vivir sin ti,
no hay manera,
no puedo estar sin ti,
no hay manera…

Y aunque nadie lo cantara en voz alta, no puedo evitar añadir:
¡Ay, que el tiempo no pase por ti y que la noche nos vuelva a encontrar juntos en cualquier concierto! ¡A ser posible, de Los Curros!

Una tarde de agosto de un domingo cualquiera, en el albero del Paseo Real, cinco iluminados y un público entregado levantaron una luminosa polvareda «de luz y de color» que disipó las penas del mundo:

Hoy, para mí, es un día especial:
hoy saldré por la noche,
podré vivir lo que el mundo nos da
cuando el Sol ya se esconde.

¿Qué pasará? ¿Qué misterio habrá?
Puede ser mi gran noche
y al despertar, ya mi vida sabrá
algo que no conoce.

Olvidaré la tristeza y el mal
y las penas del mundo
y escucharé los violines cantar
en la noche, sin rumbo.

Fieles a su entrega y generosidad, el concierto se prolongó dos horas sin bajar el ritmo un solo instante. Un crescendo constante. Gracias a esta banda de benditos alucinados disfrutamos de un rato en la gloria: un limbo de música, memoria y liberación.

En todo momento, tan sembrao como siempre, José Antonio Pino, nuestro ángel de guarda en aquel paraíso terrenal, se metió al público en el bolsillo con la mayor naturalidad del mundo. A su lado, unos músicos sublimes lo dieron todo con arte, gracia y empatía, consiguiendo hacernos creer que todo aquel despliegue era para ellos coser y cantar. 

¡Gracias a Los Curros por lo que nos dieron y nos siguen dando!
¡Gracias a tantas amigas y amigos allí reunidos por sembrar luz y esperanza!
¡Bravo! Hasta la próxima. Con el deseo de que sea más pronto que tarde.

Juan L.  Rama (agosto 2026)

Foto y vídeo: prestado por AMaSa