«Desazón«
Estoy preparando mis cosas. La maleta la tengo abierta en mitad de la habitación. Mi madre me mira con ojos de incredulidad. Está quieta y silenciosa, con ganas de llorar. No comprende mi marcha. Me necesita en estos momentos. Su vida ha explosionado, después de tantos años de convivencia con mi padre.
Él se ha marchado buscando un nuevo halo de juventud, sin querer mirar los surcos, que la vida ha dejado impresos en la cara de ella.
Los ojos azules de mi madre me llaman. Pero yo no quiero oírlos. Ella se retuerce las manos con desesperación. Pero yo no quiero ni puedo ayudarla, porque ella tendría que haber reaccionado a tiempo y luchar por su vida. Pero se mantuvo sin querer saber nada, humillándose, aceptando la dejadez que la vida le ofrecía. Y ahora ya no es imprescindible para nadie. La miro y suspiro. Me marcharé como he decidido. No quiero que me atrape con la quietud de su mirada.
La madrugada se alarga atrapándome en su oscuridad. Voy a la cocina, arrastrando los pies con una lentitud pasmosa. Me preparo un café, el líquido caliente me estimula, me alivia de mi pesadumbre. Miro mi maleta, que desde la frialdad del suelo, parece que me susurra que me aleje de mi pasado y comience mi futuro.
De forma precipitada la recojo y salgo sin mirar atrás. Camino del aeropuerto, siento un poco de miedo a este futuro incierto que me espera. Voy con una ONG a un país africano, desconocido. El viaje es largo y penoso. Necesita de una carga de energía que ahora no tengo. Vamos ocho personas en el grupo. Todas médicos, como yo.
Nos instalamos en una casa muy rara. Dormimos todos juntos en la misma habitación. A pesar de esto, durante la noche no me siento tranquila. Bajo mi mosquitera, observo lo que me rodea. Sombras negras se deslizan por el recinto, dándome escalofríos. Luego cuando amanece, todo vuelve a la calma, cuando la luz tenue entra por las rendijas del ventanuco, anunciando que ha llegado el alba.
Pero de nuevo la noche y con ella mis miedos. Hoy en la sacristía, donde atendemos a los pacientes que nos llegan, una mujer de edad indefinida y mirada penetrante, me ha mirado a los ojos y susurrando me ha dicho: ¡Cuídate, te han elegido
Estoy muy nerviosa. Comienzo a dar vueltas en esta cama diminuta. Miro con ansiedad por si alguno de mis compañeros está despierto. Pero no hay nadie, han desaparecido. Aterrada salgo a la calle, donde un cielo lloroso desprende una humedad, que se mezcla con mis lágrimas. Los faroles mortecinos, proyectan una luz moribunda. Comienzo a correr sin tregua. Mis piernas flaquean, mientras que unos destellos verdosos azulados, nublan mis ojos. La sangre se paraliza en mi cuerpo. Un abismo negro me absorbe, mientras que el lecho de agua de la calle acoge mi cuerpo desfallecido….
Recobro mi lucidez en un espacio, donde la luz de un verano templado, se cuela entre los árboles. Sus ramas se inclinan, como queriendo besar este áspero suelo, que desdeña sus caricias.
Veo pasar sillas de ruedas y coches de bebés, que se cruzan en este recinto inquieto. Una nube temblorosa me envuelve. Miro mis manos, pero tan solo son un halo etéreo. Intento buscar mi cuerpo y no lo encuentro. Y desde una niebla amarillenta veo a mi madre, lejana, triste, agónica, agitando su mano enviándome un beso.
Una niña viene corriendo sonriente y feliz, se cruza con una mujer de piel agrietada y aroma aterciopelado. Me estremezco. Soy yo, en el principio y el fin de mi vida..
Un ruido me aturde. Es una cafetera expulsando su aroma mañanero que inunda el espacio. El futuro y el pasado se alejan pausadamente. Dejándome en este presente en mi presente. En mi realidad. Grito con todas mis fuerzas: Mamaaaá! Arrojo la maleta hacia debajo de la cama y me voy rápida, buscando el calor y el amor de mi madre. No puedo pensar en otro presente que no sea a su lado.
Pero en la buhardilla de mi memoria, quedaran adormecidos estos extraños recuerdos, pasados o futuros.
María Córdoba

María Córdoba Gil
Estudió Técnico Especialista de Biblioteconomía y Archivista.
Ha sido librera 24 años.
Ha colaborado en el inventario del archivo municipal de Archidona.
Participó en la novela multiautor El crimen de Archidona, en el libro: Anécdotas de estudiantes en Archidona de la biblioteca electrónica de Archinoticias.
Con el Taller de escritura creativa ha colaborado en «Primer libro de relatos y en Escritos del atardecer». También en«Nos queda la palabra».
Le encanta escribir, el teatro, pasar tiempo con la buena gente…Todo lo que genere positividad. Forma parte del Taller Antequerano de Escritura Creativa.






