Con mi gratitud y estima a Mercedes Sánchez; su buen ojo lector, luz y memoria fueron inspiración y guía para darle sentido y coherencia a este relato. | Juan A. López Rama
Memoria e improvisación
Por mucho que ensayemos o programemos, a veces, tanto en el escenario como en la vida, debemos improvisar. Y esos instantes son, en realidad, los que le dan sentido al teatro y a la vida; pues, a pesar de la inquietud inicial, siempre encontraremos una salida que alumbre otros caminos y encuentros, no previstos, pero no por ello menos luminosos. Porque la esencia vital no se mide por los momentos en que mantienes tu pulso y tu respiración controlados, sino por aquellos que te dejan sin aliento y con el corazón en un puño.
Para encontrar esas salidas improvisadas, además de estar conectados con nuestra memoria sensorial y sentimental —como afirma mi admirada narradora María José Carmona — deberíamos estar atentos: al cielo, a las corrientes de aire, a los murmullos camuflados entre el ruido. Así lo entendió aquella pequeña compañía que recaló en un municipio propenso a los presupuestos de fachada y la propaganda desmesurada. Un lugar que en los que se presumía modernidad en los discursos oficiales, pero que ni siquiera contaba con un espacio escénico en condiciones, a la altura de la afición de sus vecinos y del tesón y empuje de su escuela de teatro.
Fue precisamente allí donde el estreno de Bodas de sangre avanzaba con el alma en un puño. Los versos de Lorca resonaban en el recinto, sostenidos por la pasión de los actores que suplían con creces la falta de infraestructuras dignas. Sin embargo, el teatro vivo es impredecible. Justo antes de una escena clave, entre bambalinas cundió el pánico: el vestido de la Novia se había enganchado, abriéndose por completo. Era imposible que saliera a escena en ese estado.
En las tablas, el tiempo se congeló. El silencio del público empezó a tornarse denso, amenazando con romper el hechizo. Mateo, que interpretaba al Padre de la Novia, sintió el frío del abismo en el estómago. Pero entonces, la memoria acudió al rescate.
Recordó su encuentro en el pueblo, uno días antes, con Adela. Aquella muchacha que desbordaba ilusión por ver la obra y que, con orgullo, le había enseñado su entrada en primera fila. Mateo la buscó con la mirada entre la penumbra del patio de butacas. Recordó lo que ella le había confesado: que durante la función entonaría mentalmente La Tarara, esa canción que le cantaba su abuela, una mujer analfabeta, pero la más sabia que había conocido jamás. Una melodía que, unida a la poesía de Lorca, la haría conectar de nuevo con el amor más puro.
Un hilo invisible unió en ese instante a Mateo con Adela, con la abuela de esta, y con su propia madre, que también cantaba esos mismos versos frente a la lumbre. Por ellas, por la dignidad del escenario y por el respeto a su arte, Mateo decidió dar el salto al vacío.
Saltándose el libreto, pero abrazando la esencia de la vida, dio un paso al frente y, con voz trémula que fue ganando firmeza, comenzó a cantar a capela:
La Tarara, sí;
la tarara, no;
La Tarara, niña,
que la he visto yo.
Luce mi Tarara
su cola de seda
sobre las retamas
y la hierbabuena.
El público, sorprendido, contuvo el aliento un segundo. Pero la magia de la canción popular obró el milagro: una señora de la tercera fila tarareó el estribillo; luego, un par de voces más allá se sumaron, hasta que todo el patio de butacas comenzó a acompañar a Mateo, al unísono, compás a compás, batiendo palmas sordas que envolvieron el espacio en una atmósfera de mística compartida.
Mientras tanto, en el escenario, el resto de los actores dio una lección de maestría. Lejos de descolocarse, mantuvieron la actitud y la gravedad de sus personajes en todo momento, integrando el canto como si fuera un ritual orgánico de la propia boda lorquiana, una manifestación del alma colectiva.
Fueron los minutos más largos y hermosos de la representación. El tiempo justo para que, entre bambalinas, lograran solucionar el percance del vestuario. Cuando la Novia pisó por fin la escena, hermosa y firme, el público rompió en una ovación contenida, sin saber que acababan de ser cómplices y salvadores de un momento único. La humilde compañía, unida como una piña inquebrantable, no solo había salido airosa de la tensión y los nervios; había demostrado que, cuando la técnica falla, el corazón y la memoria popular siempre encuentran la salida.
Días después, por recomendación de Adela, Mateo vuelve a ver la película La novia, de Paula Ortiz. Las imágenes y el montaje engrandecen y refuerzan la poética de Bodas de sangre y el universo lorquiano, así como también las localizaciones. Le impactan las escenas de las galopadas de Leonardo rondando la casa de su amada.
En una de las secuencias que muestra el horizonte inhóspito de aquellas tierras, un destello de luz anaranjado le trae a la memoria, una vez más, a los héroes que poblaron el campo de su niñez: narradores orales insuperables, gente iletrada que «llevaban la cultura en la sangre», como dejo escrito el poeta. Ellos le enseñaron lo que realmente importa: el amor por la voz y por la palabra.
Al recordarlos, Mateo vuelve a sentirse aquel niño pasmado, ávido de historias. En su añoranza, desearía que siguieran allí, susurrándoselas al oído, haciéndole sentir su aliento en la oreja «como una plumilla de ruiseñor».
Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
[…]
Las patas heridas,
Las crines heladas
Dentro de los ojos
un puñal de plata.
Nota del autor: Al contrario de lo que suele dictar la costumbre, el lector no encontrará aquí la clásica advertencia de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En estas páginas, exceptuando los nombres de los protagonistas, todo parecido con la realidad —con los pueblos que resisten, el arte de los humildes con las canciones de nuestras abuelas y madres, o con los milagros que ocurren sobre las tablas— es deliberado, sentido y rigurosamente cierto.
Juan A. López Rama (junio 2026)

A estas alturas, que yo me atreva a presentar a Juan A. López Rama, cuando es sobradamente conocido, me hace sentir un poco cohibido por mi empeño; pero es que me llama desde dentro mi admiración por él como persona y como profesional entregado. Además de sentir un aprecio sincero hacia él. No quiero desaprovechar la oportunidad de reseñar unas notas a este hombre que tanto aporta a la cultura antequerana, aunque sé que me quedo corto en el listado de sus virtudes | ChLL

Juan A. López Rama (Antequera, 1959) pertenece a esa estirpe de personas para las que la cultura no es un lugar al que se acude, sino un territorio en el que se vive. Profesor jubilado de Salesianos de Antequera, su trayectoria ha estado siempre vinculada a la educación, entendida como una forma de despertar inquietudes, abrir caminos y, sobre todo, contagiar el deseo de aprender.
Posee un nivel de formación de amplísimo espectro también en el conocimiento de la Literatura y una admirable capacidad interpretativa y de relación de las distintas creaciones y momentos del mundo editorial.
Ese mismo espíritu lo ha llevado a la literatura y al teatro. Actualmente dirige el Taller Antequerano Municipal de Escritura Creativa «Nos queda la palabra», un espacio que ha convertido la escritura en encuentro, en conversación y en creación compartida. Desde allí impulsa iniciativas, acompaña a quienes escriben por primera vez y estimula a quienes llevan años haciéndolo con éxitos propios consiguiendo algo que no siempre es fácil, que la palabra escrita deje de ser un ejercicio solitario para convertirse en experiencia colectiva.
Porque Juan López Rama no se limita a estar en la cultura, la pone en movimiento. Participa, escribe, interpreta, organiza, propone, acompaña y genera espacios para que otros puedan crear. Su actividad cultural se despliega en diferentes direcciones (la enseñanza, la literatura, el teatro, la lectura, la participación social…), pero todas ellas tienen un mismo hilo conductor: hacer que algo suceda y conseguir que los demás quieran formar parte de ello.
Su vínculo con la escritura ha dado lugar a proyectos colectivos, el más reciente Desde una mirada, ver para crear, publicado en 2026 por autores vinculados al Taller Antequerano de Escritura Creativa y concebido, además, con una finalidad solidaria. Es un buen ejemplo de su manera de entender la creación, mirar el mundo, transformarlo en palabras y devolver esas palabras a la sociedad convertidas en encuentro y generosidad.
Y el teatro forma parte inseparable de ese recorrido. Actor vinculado a la escena antequerana, continúa participando en montajes teatrales y entendiendo el escenario no solo como un lugar donde representar, sino como otro modo de contar, comunicar y encontrarse con los demás.
Quizá por eso resulta difícil encerrar a Juan A. López Rama en una sola definición. Profesor, escritor, actor, director de talleres y dinamizador cultural; pero, por encima de todo, creador de momentos y de oportunidades para que la cultura ocurra. De encuentros, proyectos, lecturas, representaciones, conversaciones y palabras compartidas.
Su verdadera especialidad podría ser, precisamente esa, hacer que la cultura se contagie. Que alguien se anime a escribir porque otro le abrió una puerta. Que una lectura termine convirtiéndose en conversación. Que una conversación desemboque en un proyecto. Que un proyecto reúna a personas que quizá nunca se habrían encontrado.
Juan López Rama lleva años haciendo de la cultura una forma de participación y de la palabra una forma de encuentro. Y quizá esa sea la mejor manera de presentar a quien firma Lo que enseña el teatro, en estos dos capítulos y en otras muchas colaboraciones de su pluma para nuestro atqmagazine. Alguien que no solo habla de la cultura, sino que la practica, la impulsa y, sobre todo, consigue que algo bonito e interesante suceda alrededor de él. | ChLL






