‘Doña Elena’ | Por Carmen Parejo García

‘Doña Elena’ | Por Carmen Parejo García

El pueblo no figuraba en los mapas principales; era apenas un puñado de casas encaladas asomadas a un desfiladero en la sierra, donde el invierno se instalaba en octubre y no se marchaba hasta mayo. Elena vivía allí, en una pequeña casa cuya planta baja compartía con el frío de la montaña, rodeada de un entorno rural donde el tiempo parecía haberse detenido mientras el resto del mundo avanzaba.

En esa España de los años 60, su hogar era su centro de mando: una alacena con vendas limpias, una mesa de madera donde organizaba su maletín y el silencio de las calles embarradas. Ser la comadrona en un lugar tan dejado de la mano de Dios significaba ser la única autoridad científica en kilómetros de superstición y necesidad. Desde su ventana, Elena observaba los caminos que se perdían en la niebla, sabiendo que, en cualquier momento, un mensajero a caballo o un marido agotado llamaría a su puerta. No había hospitales cerca, ni teléfonos, ni ambulancias; solo ella, su bicicleta de hierro y la voluntad de acero de quien sabe que, si no llega, la vida simplemente se apaga.

Elena no era solo una sanitaria; era una superviviente en una sociedad profundamente desigual. Lejos quedaban las casas señoriales de la capital; cerca estaba la gran masa anónima de pastores y campesinos que la esperaban con la angustia en los ojos. Sabía que, en esos hogares, donde se dormía sobre el calor animal de la cuadra, la vida pendía de un hilo. La mortalidad infantil y de parturientas no eran estadísticas para ella, sino nombres de madres y de niños sin nombre que nunca llegaron a gatear.

Esa noche, el viento de enero aullaba entre los riscos, colándose por las costuras de su vieja gabardina. Mientras pedaleaba por aquel camino de tierra, que más parecía un río de lodo, sentía el peso de su maletín: un universo de cuero desgastado donde convivían pinzas hervidas, el estetoscopio de madera, el tensiómetro y las ampollas de medicación urgente que guardaba como oro en paño. 

El camino hasta la cabaña fue un calvario de piedras sueltas y aguanieve. Elena llegó con el aliento roto; el esforzado «coche de San Fernando» le había pasado factura. Al empujar la puerta, el olor a humo, paja y sudor animal la golpeó de frente. Era una vivienda de una sola estancia, donde la frontera entre la familia y el ganado se difuminaba.

—Ya estoy aquí —dijo Elena, dejando el maletín sobre una mesa coja.

La luz de una vela temblorosa la iluminaba. Se remangó con movimientos precisos, ignorando el frío que aún le calaba los huesos. Sacó su escaso instrumental con una reverencia casi ritual. Mientras el temporal arreciaba fuera, se arrodilló junto al jergón de paja y no se sorprendió al ver, ocultas entre el polvo y la penumbra, unas tijeras abiertas que apuntaban hacia la cabecera del catre. Suspiró, reconociendo el viejo ritual: la creencia de que el acero en cruz tenía el poder de «cortar el dolor» y que el parto fuera «una horita corta».

Pero en este caso fue una batalla de horas contra el agotamiento de la madre, una mujer de manos callosas que apenas tenía fuerzas para pujar. Elena no solo usó su técnica; también su voz, firme y dulce, recordándole que no la dejaría sola.

Cuando el primer llanto rompió el estruendo de la tormenta, el aire pareció limpiarse. Elena cortó el cordón con manos seguras, limpió al recién nacido y lo entregó al pecho de la madre. El agradecimiento no vino en forma de monedas. El padre, un hombre de piel curtida, se acercó con los ojos empañados.

—Gracias, doña Elena —susurró, tendiéndole un envoltorio con un trozo de queso de cabra y un par de huevos frescos.

Ella guardó el presente en el maletín. Aquel gesto humilde era su verdadera victoria.

 Al regresar a casa al alba, suspiró mientras limpiaba el barro de sus botas. Sabía que la historia la escriben los vencedores y que, para el mundo académico, ella y sus compañeras parteras eran ahora las ignoradas. 

Pero mientras una madre apretara su mano en medio de la noche y un llanto nuevo rompiera el silencio del monte, su existencia sería una verdad imposible de borrar. 

In memoriam: A las que trajeron luz al mundo con manos sabias

Carmen Parejo García nació en Antequera en 1959.
Enfermera Especialista en Enfermería Familiar y Comunitaria, vocación y profesión que ha ejercido en Campillos y Antequera durante 43 años en las múltiples facetas que ese noble oficio le ha brindado.
Además ha desempeñado una importante labor en distintos puestos de gestión:
-Promotora y directora de la Unidad de Residencias.
-Presidenta de la Subcomisión de Enfermería de la Unidad docente del Área Sanitaria norte de Málaga.
– Vocal de la junta de gobierno del Ilustre Colegio de Enfermería.
– Vocal y Socia honorable de la Sociedad Andaluza de Hipertensión y Riesgo Vascular (SAHTA).

Ha participado en numerosos estudios y
artículos científicos.
En 2017 fue reconocida su labor asistencial con el Premio ‘Patrocinio Gómez’.
Está orgullosa de haber podido ser una “divulgadora de salud”, no solo en su consulta diaria, en los grupos de pacientes y cuidadoras, en asociaciones y en los colegios e institutos.
Ha presentado junto a un equipo de compañeros durante más de una década el programa de radio “Ondas de Salud” en Onda Cero y Canal Sur radio.
Apasionada por la historia y la literatura es miembro del Taller Antequerano de Escritura Creativa desde febrero de 2023.