En un pequeño pueblo vivía Pablo. Un sábado por la tarde, se reunió en la plaza del Ayuntamiento con tres compañeros de clase. Los tres llevaban bicicletas.
—Hoy vamos a recorrer los caminos con las bicis —dijo uno.
—Entonces, yo no puedo ir con vosotros. No tengo bicicleta —se quejó Pablo
—Pues búscate una. Sin bici no puedes venir.
Los niños se alejaron pedaleando entre risas. Pablo se quedó solo y cabizbajo en la plaza.
—¡Qué mala suerte! Bueno… iré a dar un paseo.
Salió del pueblo y se adentró en el campo que lo rodeaba, caminando sin rumbo fijo. Al cabo de un rato, alcanzó el arroyo que nacía al pie de la montaña y discurría por la vega aledaña. En la orilla vio a una niña; estaba de pie, inmóvil, ensimismada contemplando el agua cristalina.
—Hola, ¿qué haces?
—Hola —se sobresaltó la pequeña—. Me gusta mirar el reflejo del sol en el agua.
—¿Estás sola?
—Sí. Estaba con unas amigas, pero dijeron que soy muy fea, que tengo manchas en la cara y que se les podían pegar. Me dijeron que me fuese.
—¿Te refieres a esos… puntitos que tienes?
—Sí. Son pecas. El maestro me dijo una vez que no son nada malo, que cuando crezca adornarán mi rostro. Eso me dijo…, pero las otras niñas se meten conmigo.
—No les hagas caso. Yo me llamo Pablo.
—Y yo, Ana.
Los dos caminaron por la margen del riachuelo. Se contaron dónde vivían, a qué se dedicaban sus padres y en qué curso estaban. Llegaron a un recodo donde el arroyo, de curso caprichoso, se volvía muy somero. Unas piedras sobresalían en el cauce.
—Vamos a cruzar por ahí —sugirió Pablo.
Con sumo cuidado, pisando las piedras húmedas y con los brazos extendidos como alas de avión para guardar el equilibrio, pasaron al otro lado.
—¡Ha sido emocionante! —celebró Ana—. He estado a punto de resbalar varias veces.
—Vamos a cruzar de nuevo, pero esta vez nos pararemos en mitad del cauce. Ahora verás por qué. Fíjate bien, Ana. ¿Ves esos pececillos de colores? —dijo el niño mientras permanecían inmóviles sobre las rocas.
—¡Es verdad! ¡Qué bonitos! Ahí hay uno… y ahí otro —exclamó ella.
—Voy a intentar coger uno —dijo Pablo, queriendo mostrar su habilidad—. A ver si atrapo este… ¡Joder! Se me ha escurrido. Espera, ahí viene otro. Esta vez no se escapa. ¡Ahhh!
¡Plaf! El niño resbaló y cayó sentado en medio del arroyo. Se levantó empapado y salió a la orilla. Ana, con cuidado de no caer también, se puso a su lado.
—¡Uff! ¡Estás mojado hasta la cintura!
—No pasa nada, no hace frío. Sigamos andando.
Llegaron a un prado verde y acogedor donde unas vacas pastaban con parsimonia. En aquella zona, el cauce se remansaba formando una pequeña laguna.
—Te voy a enseñar un truco, Ana. Mira.
Pablo cogió una piedra plana y la lanzó de modo que rozara la superficie. La piedrecita dio varios saltos sobre el espejo del agua antes de hundirse.
—¡Qué bien! Enséñame a hacerlo.
Pasaron un largo rato lanzando «proyectiles» a la laguna, hasta que comenzaron a caer unas gotas de lluvia fresca.
—¡Nos vamos a mojar! —dijo Ana sin rastro de preocupación—. Bueno, tú ya lo estás. ¡Mira! El arcoíris. ¡Qué precioso es!
Efectivamente, a lo lejos, una franja multicolor se desplegó entre las nubes. Los dos niños la admiraron en un silencio asombrado. La lluvia, aunque débil, seguía cayendo.
—Toma, Ana, ponte mi jersey —ofreció él.
—No hace falta, estoy bien. Deberíamos volver ya, tengo que estar pronto en casa.
Desanduvieron el camino mientras caía la noche y los pajarillos se acurrucaban piando en sus nidos. Al entrar en el pueblo, cada uno partió hacia su hogar. Aquel paseo les había cambiado el día.
Durante las semanas siguientes, cada sábado se reunían para caminar por la vega.
—Mis padres me han dicho que ya pueden comprarme una bici —contó Pablo un día—. Pero les he dicho que ya no la quiero; prefiero pasear por el campo contigo.
—¡Qué bien! A mí me propusieron hacerme un vestido para ir a bailar con las otras niñas, pero he dicho que no. Estoy mucho mejor aquí.
Con el tiempo, aquellos niños forjaron una amistad más recia que el acero. Al finalizar la primaria, el maestro insistió a sus padres para que continuaran estudiando. Ambos asistieron al instituto en la ciudad más próxima. Pablo se convirtió en un joven apuesto y Ana conservó aquellas pecas que, tal como predijo el maestro, realzaron la belleza de su rostro. Su amistad sincera dio paso a un amor profundo; y así, prometieron que, en cuanto fueran independientes, unirían sus vidas para siempre.
Manuel Pedraza Hidalgo.

Manuel Pedraza Hidalgo: «De gran humanidad, con mucho oficio, talento y encanto para captar la atención del lector y ganarse su complicidad en cada uno de sus relatos» |
Juan López / profesor del Taller Antequerano de Escritura Creativa






