La libertad de expresión
Desde Aristófanes hasta Juan Mayorga, pasando por Bertolt Brecht o Luigi Pirandello, el teatro nos enseña que no debemos ser sumisos ante el poder establecido ni ante ningún tipo de jerarquía cuando corre peligro la libertad de opinión.
Así, cuentan que a un comandante le molestaron los comentarios de un soldado raso sobre cierto asunto relacionado con la gestión diaria de la compañía. De inmediato, siguiendo la cadena de mando, el comandante llamó al capitán para que le preguntara a ese soldado qué problema tenía con su superior.
El mensaje fue descendiendo por cada peldaño de la jerarquía militar: del capitán al teniente, del teniente al sargento, del sargento al cabo… Pero justo ahí, a falta de un solo escalón para llegar a su destinatario, la férrea cadena se rompió. El cabo le respondió al sargento:
—Con todos mis respetos, mi sargento: dígale al teniente que le diga al capitán, y que este le diga al comandante, de mi parte, que por favor le haga él directamente esa pregunta al soldado. Así evitaremos malentendidos cuando la respuesta comience a ascender por el escalafón.
—¿Cómo se atreve usted a semejante actitud de desobediencia? —replicó el sargento.
—Lo vi en una obra de teatro y lo comprendí enseguidita: no debemos mostrarnos sumisos ante el poder establecido, la cadena de mando u otro tipo de jerarquía cuando lo que está en juego es algo tan sagrado como la libertad de expresión.
El cabo sigue esperando la respuesta del comandante. Mientras tanto, continúa disfrutando del teatro. La última obra que le impactó fue La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht. En sus entrañas encontramos esta perlita de Mackie Navaja: «¿Qué es robar un banco comparado con fundar un banco?».
Brecht fue un defensor como muy pocos de la libertad de opinión y la discrepancia, tal como lo prueba el hecho de que fuera perseguido primero en Europa por el nazismo y después en Estados Unidos por el FBI y el Comité de Actividades Antiamericanas. Su teatro no era imparcial: era antibelicista, pues entendía que no se puede estar en misa y repicando —o estás con las víctimas o contra ellas—.
Este espíritu crítico nos recuerda a aquel famoso poema atribuido popularmente a Brecht —aunque perteneciente al pastor Martin Niemöller— que comienza así: «Primero se llevaron a los negros, pero a mí no me importó porque yo no lo era…». Un pensamiento tan vigente en estos tiempos de desmemoria.
Como muestra, un botón: un expresidente español calificó a la selección francesa como un equipo con una «plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses». Y no es que se le calentara la boca en la barra de un bar: lo escribió tan pancho, como racista en un artículo de opinión en El Debate, donde se supone que uno revisa y reflexiona sobre lo que escribe.
Ojito, pues, con los que siguen pensando que los nacionalizados franceses —o europeos en general— tienen que ser de piel blanquita (raza aria, vamos) y no llegados de otros lares.
Juan A. López Rama
LECCIÓN TEATRAL MAGISTRAL A CARGO DE UN GRUPO DE LA ESCUELA MUNICIPAL DE TEATRO DE BAENA EN ANTEQUERA, CON LA ÓPERA DE LOS TRES CENTAVOS DE BERTOLT BRECHT
El lunes 29 de junio, la Casa de la Cultura acogió La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht, una obra que se reveló tan actual como cuando se estrenó en Berlín en 1928. Resulta una pieza tan valiente como necesaria en estos momentos en que nos amenazan el neoliberalismo y la desmemoria; un presente en el que derechos que parecían sólidos, ya en estado casi líquido, se nos están escurriendo entre los dedos.
Con descaro y mala fe, se vuelve a señalar como culpables de todos los males a los más humildes: a los refugiados, a los distintos, a los inmigrantes que cuidan a nuestros mayores y que siembran y recogen las cosechas en el campo; en fin, a los que nos alimentan. Encima, a través de la GRIFA —perdón, la FIFA—, todo lo quieren arreglar a golpe de talonario y de patadas: con el balompié y su mística alienante, un despliegue mediático que convierte cada torneo en un megaevento diseñado para eclipsar cualquier debate cívico.
¡Auxilio, Brecht, vuelve!
Y vaya si volvió…
Estas cómicas y cómicos baenenses nos trajeron al Brecht más lúcido y combativo: el teatro como un espejo incómodo y una herramienta de agitación social. Con esta pieza concebida como una contundente crítica a las estructuras del capitalismo y a las desigualdades que genera, todo quedó resumido en esa frase-moraleja tan brutal como certera: «¿Qué es robar un banco comparado con fundar un banco?».
Brecht utiliza el humor, el cabaré y el jazz para denunciar la desigualdad, el hambre y la explotación que caracterizan a las sociedades modernas, difuminando la línea moral entre la «gente de bien» y los criminales, sugiriendo que ambos operan bajo la misma lógica de explotación. Así, la policía, la religión y el Estado aparecen retratados como cómplices del crimen y sirvientes del mejor postor.
A través de sus canciones y del distanciamiento brechtiano, la obra originalmente no buscaba conmover emocionalmente, sino hacer pensar al espectador sobre las injusticias del sistema. Sin embargo, su director, Cristóbal Pérez Jorge —que también aparece en escena—, y su elenco, en un estado de gracia levitante, vaya si nos emocionaron y conmovieron mientras nos hacían reflexionar sobre la realidad de una Europa que vuelve a abrazar el fascismo sin complejos.
¡De Baena nos trajeron la luz! Y lo hicieron en esta Antequera que se mira el ombligo mientras sus vecinos siguen esperando un espacio escénico a la altura de esta «¿ciudad?», dizque Patrimonio de la Humanidad. ¡Es que, acaso, ¿puede haber algo más humano que el teatro?!
Fue una representación raruna en esta época de prisas: más de dos horas duró la función, aunque se nos pasó en un pispás. Se dice pronto… ¿Y cómo fue eso posible?, se preguntarán los lectores heroicos que, en estos tiempos de impaciencia, hayan sido capaces de llegar hasta este renglón con un cierto nivel de concentración y compresión lectora. Paciencia, que es la madre de la ciencia y también del teatro si queremos disfrutarlo de verdad. Ahorita mismo se lo voy a contar…
Pues, para empezar, queridos héroes de la lectura en tiempos de microrrelatos, microteatro y microconsciencia, esta gente se subió al escenario de la Casa de la Cultura para hacer teatro a lo grande, sin tacañerías y a otra velocidad.
El éxito rotundo de la propuesta no radica solo en la vigencia de su mensaje, sino en la precisión milimétrica y la entrega absoluta de todo el elenco. La actitud actoral colectiva fue un derroche de energía desbordante pero controlada, logrando mantener un tono satírico y grotesco implacable sin caer jamás en la caricatura fácil. Mención especial merecen las coreografías, que fluyeron con la soltura del mejor vodevil y la rigidez marcial de una sociedad corrompida; cada movimiento de grupo aportaba una plasticidad visual bellísima que oxigenaba la densidad del texto y convertía el espacio en un cabaré berlinés tan decadente como magnético.
Pero si hay algo que eleva esta función a la categoría de acontecimiento memorable es el brillante desafío conceptual de su protagonista. Que el personaje principal —un rol masculino tallado en el cinismo, el poder y la amoralidad— sea encarnado por una mujer no solo es un guiño al transformismo clásico del teatro brechtiano, sino una lección magistral de interpretación. Lejos de la imitación superficial, la actriz desarma al personaje desde dentro: subvierte los códigos de la masculinidad hegemónica, le otorga una sofisticación andrógina fascinante y demuestra que el talento no entiende de géneros, sino de tripas, técnica y verdad. Una proeza interpretativa que justifica por sí sola la larga ovación en pie de un público entregado.
Así, lentamente y suavecito, este grupo de Baena nos fue inoculando en vena la magia inigualable del teatro, con unas interpretaciones deliciosas y magistrales en todos y cada uno de los personajes. ¡Inaudito e insuperable! Cada actriz y cada actor me enamoró de la risa a la lágrima, y a cada una y cada uno los quisiera yo abrazar agradecido… Pero, aun después de caer el telón, ellos seguían en trance, metidos en la piel de sus respectivos personajes. Tanto que uno solo acertaba a saludarlos con veneración, sin rozarlos siquiera, para no romper el encantamiento que todavía nos mantenía hechizados.
¡Bravo!
Juan A. López Rama (4-7-2026)







