Comenzó levantando al público de sus asientos para atrapar un clavel reventón de los que al azar tiraron las bailaoras. Radiantes sus cuerpos flexibles se llenaron de ilusión y de juventud. Subió el tono de la música y los brazos comenzaron a elevarse como si quisieran atrapar el aire. La luz solar que iniciaba el crepúsculo vespertino de verano, cuando el calor se vuelve mimo y se va dejando lentamente seducir por la noche o seguir el revoloteo de alguna mariposa que se sintió atraída por los colores rojos y el trabajado zapateo rítmico y armonioso.
Una coreografía fina, laborada con constancia y deleite, dos calificativos sin los cuales no puede darse el baile, ni nada en esta vida que pueda conducir a un mínimo de belleza.
Llegó el momento de la exhibición y parecían flotar en el tablado, en la marea de luces y sonidos que se mezclaban con la aprobación de los asistentes. Apenas segundos mantenían la uniformidad. Cambiaban las formas en esos vaivenes que experimentan los cuerpos que se dejan arrastrar por las notas del flamenco. Vibraron con el baile de abanicos y volantes que parecían pequeñas olas encarnadas a merced de la música. El taconeo, casi perfecto, sonó al unísono como el canto de los jilgueros al amanecer.
Y las improvisadas gitanas arrobadas por el calor, por el orgullo contenido de ocupar el escenario y poder ofrecer tantas horas de trabajo, disciplina y amor, condensadas en apenas unos minutos. El público enardecido aplaudía, y entre esos aplausos se encontraban los míos, claros y sonoros. Pudieron apreciar algunos nervios, pero Maribel los supo atenuar con su dilatada experiencia, la mejor de sus sonrisas y su infinita paciencia.
No pude participar este año, pero sentí las mismas cosquillas que el día que me embutí el body y la falda avolantada que ponían el color a la magia del baile en el bello patio claustral de nuestro Ayuntamiento.
¿El próximo año? En el escenario o entre el público, volveré a encender mi rostro con acalorados aplausos, pararé el tiempo de rutina para dejarme embriagar por el placer del baile flamenco.
Luisa Casero Vergara

Luisa Casero Vergara nació hace 68 años en Mollina Málaga.
Diplomada en Magisterio por la escuela universitaria María Inmaculada en Antequera.
Colaboradora del Sol de Antequera desde 1996 hasta el 2024.
Le gusta «emborronar» páginas para llenarla de cuentos, historias surgidas de la imaginación, artículos recurrentes y, sobre todo, llenar su realidad con otras realidades reales o engañosas.
Nos cuenta que escribir es la mejor terapia en tiempos difíciles y una felicidad casi comparable al hecho de ser madre.
Piensa que escribir es poner su alma al descubierto. Participó en el Taller Antequerano de Escritura Creativa, al que acudía cada quince días hasta el pasado curso. «Era algo más, mucho más que conocer otros estilos literarios, era intercambiar retazos de vida y eso es lo que lo hace tan emocionante».
Escribir es ser y ser es vivir en plenitud.
En 2024 le fue entregado el prestigioso Premio Efebo, que concede el Ayuntamiento de Antequera, por su labor en favor de la Inclusión Social.






